domingo, 11 de marzo de 2007

Slow Dance

Elisa creía que la noche había comenzado sin ella. Se encontraba sentada en una larga fila de sillas plásticas blancas y negras que se encontraban dispuestas a lo largo de la larga pared del costado izquierdo del gimnasio de su colegio. Se trataba de la fiesta de su penúltimo año escolar.
A pesar de que nunca le habían importado los modismos, ni la elección obsesiva del vestido y los zapatos, muchísimo menos de su pareja, esta noche no se sentía como de costumbre. Había algo diferente.

Aunque todas sus amigas habían llevado pareja al baile y ella no, sentía algo dentro que le molestaba, y no sabía qué. Comenzaron a abatirla las dudas sobre tu futuro, sobre qué haría en el próximo año, su último, sobre cómo cambiarían las cosas con sus amigas, sobre si las volvería a ver. Pero sobre todo la abatió una última cuestión: el de nunca haber tenido un novio.

Esto era algo que nunca le había importado. A pesar de que todas sus amigas, amigos y conocidos, tenían la costumbre de tener pareja todo el año, ella se acomodaba fácilmente en los planes de cualquiera, fueran en pareja o no. Siempre encontraba algo que hacer cuando a la pareja se les ocurriera tener unos minutos de intimidad, que terminaba siendo pública. Nunca se le cruzó siquiera por la mente preguntas como "¿Cuánto tendré yo un poco de eso?". Había algo diferente esa noche.

No se había arreglado mucho. Tenía puesto un vestido de seda color salmón pálido que se había puesto para el aniversario de sus padres hace tal sólo unos meses. El vestido era simple, la tela caía dándole una figura estilizada, más delgada. En definitiva, algo que le pasó de casualidad, ya que no tenía problemas con su cuerpo.
Su cabello, color miel, largo y ondulado, caía pesadamente sobre sus hombros. Sus manos, libres de cualquier halaja, se encontraban sobre sus mejillas, sosteniendo su cabeza para no caerse del sueño... y aburrimiento.

Frente a ella pasaban los grupos de gente, amigos, algunos familiares. "Nadie importante". Sobre esos grupos, no había nadie que le llamara la atención. No había tantos conocidos. Y los conocidos no le importaban. No sabía qué le pasaba exactamente esa noche, pero lo único que sabía era que quería volver a su casa y recostarse a dormir.

Estuvo sentada, en la misma posición, durante otros minutos, hasta que sin pensarlo otra vez, se paró y se dispuso a salir, pero el minuto en que se puso de pie, y levantó su cabeza acomodando su cabello detrás de las orejas, su vista se vio aclarada con una visión que no tenía hace varios años.

- Elisa.

Así. Secamente. Así, había pronunciado ese joven aquél dulce nombre. Elisa abrió los ojos y quedó paralizada. Frente a ella se encontraba David, uno de los amigos de una amiga que no era tan amiga, pero con la que solía salir los fines de semana. No era atractivo, en lo absoluto, pero le agradaba su personalidad. No tenía mucho sentido del humor, pero era uno de los chicos más maduros que conocía, y eso ya le significaba bastante. Lo había conocido una vez que salieron todos juntos al cine, y así fue donde una de las amigas conoció a su actual pareja. Esa salida había resultado ser una especie de "cita a ciegas", pero como a Elisa el tema de tener novio no le interesaba...

- ¡David! ¿Como andás? ¿Todo bien?

- Todo bien por suerte. ¿Vos?

- Bien también...

Después de aproximadamente 30 segundos de silencio incómodo, increíblemente eterno, David improvisó:

- ¿No lo viste a Tomás?

- Si...- Le respondió Elisa, volteando su cabeza, hacia la turba de gente bailando. Señalando a un chico que se encontraba con una de sus amigas, lo tomó suavemente por la espalda e inclinándose un poco le dijo - Mirá, ahí al lado del chico de traje blanco, con Sabrina. Recién llegaron. ¿Por? ¿Necesitás algo?

- Ah.. está bien. No, quería saber dónde estaba, nada más.

Elisa lo invitó a sentarse en la fila de sillas, donde no había nadie más sentado. No tenían de qué hablar, ya que no se conocían. Luego de las típicas preguntas acerca de la familia, los amigos, los intereses y el colegio, se acercaron Tomás y Sabrina, con un ánimo sorprendente, y los levantaron a la fuerza invitándolos a bailar. Luego de algo de forcejeo, y vencidos por la locura de sus amigos, comenzaron a bailar. Era una cumbia de las clásicas, fáciles de bailar. Al principio era algo incómodo, pero luego de varios temas, comenzaron a soltarse, y hasta a enseñarse mutuamente algunos pasos y vueltas.

Terminaron a las carjajadas, pero su sonrisa se desvaneció estrepitosamente cuando el DJ anunció el inicio del bloque de música lenta. Se miraron sin saber qué hacer. Miraron a la pareja que los había animado a bailar, y se encontraban abrazados, ya transportados por aquella música que los hacía levitar del suelo.

Tranquilamente, David tomó la mano derecha de Elisa, y posó la izquierda en su espalda. Al principio apoyó apenas los dedos, para que ella no fuera a pensar que era un depravado o algo así. Ella lo siguió, y puso su mano en su hombro. Y así comenzaron a bailar.

Cada vez se sentían más íntimos. Luego de apoyar tu mano totalmente en espalda, comenzó a descenderla despacio y suavemente hasta la base de su espalda. Elisa, por su parte, soltó su mano de la de David, para juntarla con la otra, que ahora se encontraba tras su cuello. A veces cambiaban, y se abrazaban mientras ella descanzaba su cabeza en su hombro. Él le susurraba cosas, al principio le hacía chistes, cosa nueva en él. Luego fue contandole cosas, como que se sentía raro bailando así con una chica que no conocía. Finalmente, se atrevió a decirle lo que había pensado en decirle hace bastante:

- Siempre me pareciste muy linda... Y no es que quiera aprovechar el momento, pero este creo es mi única oportunidad para decírtelo.

Elisa levantó su cabeza y volteó hacia él, mientras que él, al mismo tiempo, la miró a los ojos. Quedaron suspendidos así unos segundos. Parecían decirse todo con la mirada. Ella no lograba descifrar el loco movimiento de su estómago y el creciente temblor de sus piernas, mientras que él la miraba y la tenía como si no quisiera otra cosa en el mundo, y no quisiera dejarla ir jamás.
David la miró a sus ojos, y fue bajando lentamente hasta sus labios. Elisa ya sabía qué iría a suceder. Lo había visto en las novelas, en las series, en las películas. No tenía nada en mente, no sabía qué hacer. Sólo podía limitarse a observar lo que estaba sucediendo, esta escena digna de una novela, pero que esta vez era real.

La cabeza de él giró levemente y se fue acercando a la de ella. Ella no hizo nada. Él se iba acercando, pero ella estaba paralizada. Fue en el exacto y justo segundo en el que él estaba por besarla, cuando ella bajó la cabeza. No sabía por qué lo había hecho. Fue una especie de reflejo, pero sin pensar en nada, ella lo tomó por detrás del cuello como hacia varias canciones, y lo abrazó, comenzando a bailar otra vez. Él la siguió, sin lamentarse, ni sentirse un fracasado. La supo comprender a pesar de que no entendía exactamente qué había pasado. Así siguieron bailando toda la noche, abrazados y sintiendo el fuerte palpitar del corazón del otro.

Todos vivimos en un loco mundo en el que a veces no entendemos nada, ni siquiera a nosotros mismos. Cuando hacemos algo ligeramente diferente, todos nos miran torcido. A Elisa le tomó una noche el descubrir, que no hay que amoldarse a la mente de la turba, por no tener a nadie más con quien compartir tus pensamientos, tus dudas... A Elisa le tomó una noche el descubrir, que cuando más o menos lo esperes, va a llegar tu otra mitad. La otra parte del molde. A pesar de que no supo exactamente qué sentía, Elisa tuvo alguien con quién compartir su incertidumbre. Y eso le bastó para que esa noche, en definitiva, fuera diferente.

viernes, 2 de marzo de 2007

Elsa



A Elsa Gutiérrez ya no le importaba ser bella. A los 76 años, ya no le importaba tener la piel tersa como las de las revistas modernas. Ya ni siquiera importaba leerlas. La vida tenía ahora otro propósito. Consistía en que la espalda no le doliera al tener que comenzar a barrer las 6 cuadras de la manzana. En no volcarse el té de tilo encima, por tener temblores que hacía que su taza se le resbale a la hora de llevársela a la boca. En la lejana, pero indiscutidamente hermosa esperanza, de que de le llegara alguna noticia de algún amigo, de algún familiar que un día recordó de la existencia de aquella anciana.
En aquél pueblo abundaban los jóvenes, de entre 20 y 30 años. Solían vivir varias familias en un mismo apartamento. Vivían de fiesta, volvían borrachos y dejaban las cuadras sucias y desordenadas. Claro que a nadie le importaba qué pasaría con la basura. Nadie se preguntaba acaso quién barría y baldeaba las calles. Sólo se preocupaban por subsistir con algún sueldo mediocre, y luego gastarlo todo para comprarse ropa lujosa, acudir a los bares de moda y ligarse alguna pareja con la que pasarían la noche. Aquél era el modelo de vida de la época.

Exacto,a nadie le importaba nada, y ya nada le importaba tampoco a Elsa.
En sus años dorados Elsa había sido una gran actriz y vedette. Solía vestir corsets que le apretaban tanto las costillas que pasaba la noche sufriendo., pero el sufrimiento no le importaba, porque la cegaban los flashes, el sentimiento de éxito y de poder. Los hombres la deseaban y las mujeres la envidiaban. No había otro sentimiento mejor que ése. Sin embargo, sólo fue años más tarde, cuando le diagnosticaron cáncer de esófago, cuando descubrió que amigos verdaderos en realidad no tenía, y que todos aquellos años no habían servido de nada, ya que había quedado absolutamente sola.

Usaba siempre altos tacos que años mas tarde le ocasionaron artritis y problemas en las rodillas. Se maquillaba todos los días. Todo para ser la envidia de todas las amas de casa que la veían con los máximos galanes de la televisión del mediodía.
Pero claro, a nadie ya no le importaba nada. Y a Elsa tampoco.


Ese día se sentía más pesado que de costumbre. La humedad provocaba en el día un calor de los mil infiernos. Las rodillas le dolían más que de costumbre así que tenía que sentarse cada cinco minutos, si no quería caerse y romperse algo. Las veredas estaban mal barridas, no tenía fuerzas para baldear, y menos para sacar la basura. Ese fue uno de esos días en los que a Elsa recordó el olvido de cuál era su verdadera razón para vivir.

Santiago, el encargado de llevarle las quejas a Elsa, golpeó su puerta para quejarse de las bolsas de basura que la anciana había tenido que tirar, pero que seguían junto a su puerta. Golpeó una vez más pero no hubo respuesta.
Entró gritando su nombre, cada vez con más furia, pero no la encontró. Había ropa tirada en el suelo, y cajas con papeles, portarretratos y figuras de porcelana. Un verdadero desorden. Aquella anciana se ocupaba tanto de limpiar el pueblo, que no tenía tiempo para ocuparse de su propio hogar.
De repente, hoyó un golpe seco proveniente del único cuarto en el que se había olvidado de buscar. Abrió la puerta suavemente, y quedó estupefacto ante su visión.
Aquella anciana estaba tirada en el suelo con el teléfono en la mano. Sus ojos estaban abiertos como platos, y su cuerpo estaba rígido. Se acercó corriendo, por instinto y le tomó el pulso. "Un paro cardíaco", fue la primera cosa en que pensó. Claro que en realidad sus conocimientos sobre el cuerpo humano le eran limitados, pero un paro cardíaco era lo único que conocía que podía ocasionar la muerte. Puso la oreja sobre el pecho de Elsa, sin embargo no podía concentrarse. Se encontraba en tal estado de shock, que no percibió que una voz tierna e infantil, proveniente del tubo, repetía las mismas palabras hace unos minutos:


-"Abuela! Abuela! Estás ahi? Abuela?"


viernes, 23 de febrero de 2007

Fue la noticia más fuerte y desconsolada que tuvo el pueblo en años. No había persona en el pueblo que no supiera de ella. Todos se encontraban en el cementerio esa mañana, la primer mañana con nieve de la historia en el pueblo de Tanworth in Arden. Las heladas llegaban solamente hasta los -2º, y la escarcha era lo más cercano a la nieve que conocían.

El único periódico local anunciaba la devastadora noticia: 25 de Noviembre de 1994. Birmingham, Tanworth in Arden"[...] Éste es un acontecimiento único en la historia de este pueblo. Nunca sucedió algo similar, nunca siquiera el clima llegó a presentar una helada como ésta.[...]"

Amanda estaba muerta. Dos grupos de policías y médicos se encontraban alrededor de ella. Algunos recogían alguna muestra que pudiera indicar homicidio, mientras que algunos médicos la examinaban para indicar la sentencia final:

-"Murió congelada."

Amanda no tenía padres. Se había quedado huérfana a la edad de dos años debido a un incidente en auto en plena tormenta; por lo que estaba al cuidado de su abuela materna. La persona más vieja en el pueblo, y más adorada por todos, ahora se encontraba llorando a los gritos con la cabeza en el hombro de un policía, aferrándose de su chaqueta de cuero negra, con el intento de estrujar algo para que alguien, de alguna manera, le devolviese a su única y más preciada nieta.

Los rumores en el pueblo eran varios. Comenzaron desde la primera vez que Amanda había comenzado a acudir al cementerio. Los primeros curiosos apuntaron a que quizás Amanda visitaba la lápida sus padres en los fines de semana que se quedaba en el cementerio. Cada uno tenía su propia hipótesis, pero la evidencia se hizo verdad esa mañana.

El cuerpo de Amanda se encontraba frente a una pequeña lápida. Una a la que no siempre ponían flores o visitaban. Una lápida sencilla y humilde, que se encontraba algo apartada de todas las demás. En el lugar más oscuro y sombrío de todo el cementerio. Sin embargo no era aquella la lápida de alguno de sus padres. No era de algún familiar, algún amigo del pueblo.

Todo se hizo más claro una vez que supieron a quién Amanda iba a visitar cada fin se semana. Los curiosos finalmente llegaron a la conclusión de quién fue aquél hombre para quien Amanda se estaba reservando. Pudieron ver de quién eran los discos que escuchaba en cada descanso del colegio, cada vez que andaba en bicicleta, cada vez que tenía que caminar sola en algún lugar oscuro. Amanda buscó la compañía en el lugar menos pensado. La lápida en cuestión, entonces, era de una celebridad no tan reconocida en aquellos tiempos. Se trataba del amor platónico de la joven.

Se trataba de la lápida de Nick Drake.



[Lápida real de Nick Drake]

viernes, 16 de febrero de 2007

[.]


Hacía frío en el cementerio esa noche. Ni las 3 capas de abrigos que tenía puestos esa noche Amanda resguardaban su aterciopelada y frágil piel de ese helado frío invernal.
Sin embargo debería cumplir. Era Viernes por la noche. Todos los demás adolescentes de aquél viejo pueblo se reunirían en alguna fiesta... Pero ella no era otra adolescente. Era diferente.
Tal vez si hubiese nacido en Los Angeles o Nueva York, Amanda habría resultado ser una modelo internacional para alguna que otra marca prestigiosa... Pero no resultó ser así.
Ojos azules, como vitrales helados; piel blanca y tersa; cabello angelical, cuyos abundantes rizos rubios caían sobre sus hombros, cuando decidía no recogérselo; un cuerpo envidiable que siempre escondía tras capas y capas de abrigo.
"Qué desperdicio". Era el comentario general. No podían creer que una joven tan bella pasara todas las noches de cada fin de semana sentada bajo la luna, en el cementerio de aquél pueblo, con sus auriculares a todo volumen, cantando suavemente las únicas melodias que la acompañaron durante esa dura etapa que estaba transitando.


Ya era la una de la madrugada. Extendió la misma frazada que usaba todas las noches sobre aquél cesped cubierto de escarcha. Era el mismo lugar donde se sentaba cada noche de cada fin de semana. Puso a un lado su mochila y sacó un discman, donde el CD ya se encontraba dispuesto a ser escuchado, una vez más. Se colocó los auriculares y comenzó a tararear.
Pasaron veinte minutos, y se dió vuelta para sacar algo de su mochila. La abrió y sacó una manta de lana para cubrirse.

Hacía más frío que de costumbre esa noche.

lunes, 5 de febrero de 2007

Encuentrame...


...

Encuentrame en solo tú sabes donde.

En aquél rincón de tu mente,
de tu imaginación.
En aquella ciudad soñada,
donde no hay nadie más
a excepción de tú y to..

Encuentrame..

En esa ciudad donde abundan
los puentes rosados.
Nubes de algodones,
aguas, ríos brillantes
que parecen serpentinas
entre la fiesta que el sol y la luna
hicieron solo suya.
Olvidaron sus diferencias
ya no existe el día ni la noche
solo aceptaron vivir en el mismo cielo
para amarse eternamente.

Encuentrame..

En un valle de montes dorados
de árboles gigantes, con hojas tiritantes
ante el viento celoso
de aquellos dos astros amantes
que en la furia de la tormenta
nos encontró ente granizo y arena
y nos sorprendió con esos celos...
El viento...

Encuentrame en un atardecer..
en esa paleta incandescente
reflejada en el ocaso..
Que fluye a través de la tierra
y se va decolorando
a medida pasan los minutos...

Encuentrame.. en el horizonte
ese futuro pesimista
de voces que abuchean
que maldicen.
El viento, celoso,
volvió a sus andanzas.
Vino con esas voces como armas
para dar inicio a la batalla..

Ensordeceme con tus palabras
sean dulces, sean amargas.
No quiero verlos
no quiero escucharlos.
Rodeame con tus brazos y protegeme,
no los soporto.
No soporto que me miren
no soporto que me critiquen.
Encordeceme..
Protegeme...

Por eso te espero sentada.
No te conozco, no se quien eres.
Solamente espero a que vengas
y me rescates.
De ningún cuento de hadas,
mas de los males que me atormentan.
Puedo parecer loca, sí..
Por eso te pido que me sanes...

Encuentrame...

Encuentrame en mi mente,
donde desesperadamente
estuve siempre escondida,
intentando retenerte.
Imaginando un falsoo presente,
ante el miedo de intentar perderte.

Encuentrame...

...