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lunes, 11 de diciembre de 2006

De aquél cuaderno viejo y gastado...

Ctes, 29/09/06
19:40

Un instante me basta para crear esta historia. La tuya y la mía. Nuestra.
Cierro los ojos y antes de perder por completo la visión del buchilleo que me rodea, comienzo a imaginarte.
Con ese aire propio que tenés, capás de intimidar a cualquiera, me mirás y sonreís desde la otra vereda. Es difícil sacarte una sonrisa, pero en mis sueños ya es una rutina. Pasás tus brazos por sobre mis hombros, como diciéndole a quien se asome que soy tuya, que te pertenezco.
Me contás tus cosas, yo las mías. Pero mientras estás en medio de tus relatos del colegio (o quién sabe qué tema), comienzo a perderme en tu cara. Me quedo mirándote, mientras sólo dejo que vos me guíes en la vereda llena de gente apurada, preocupada, estresada. A quienes no les importa derribarte y hacerte caer para que otros te pisoteen, mientras puedan llegar a tiempo a sus obligaciones.

Te sigo mirando, y no pienso en nada más. Sólo aprovecho esa felicidad que me hacés sentir cada vez que me hacés compañía. Y vos no lo sabés. Seguís hablando, pensando en que te estoy escuchando. Observás cuidadosaemnte el camino, cuidando de que nadie nos pase por encima.

Nuestro camino se prolonga. De tanto que hablás y me contás las peleas que tuviste con quién sabe quién, tus piernas, como máquinas, siguen caminando involuntariamente, convirtiéndonos en pasajeros de un tren sin destino.

De pronto, se te terminan tus anécdotas, y sin nada más que contarme, me mirás a los ojos.. y recién ahí te das cuenta de que, cómodamente acomodada en tu pecho, te estuve mirando durante horas.

Sonreís, y mirás hacia abajo, lamentándote de lo que hice otra vez. Pero no te incomoda. No te hace enojar. Solamente me mirás de nuevo y sonreís, esperando el momento en el que te devolví la sonrisa, para darme el beso más tierno... de todos mis sueños.

De repente el bullicio aumenta, y despierto. Miro el relol. Exactamente dos minutos habían pasado.
La profesora de matemática seguuía explicando la teoría de funciones cuadráticas, y sólo me había perdido dos minutos de su explicación, después de haber pasado horas en la tarde caminando, con tus fuertes brazos rodeándome.
El recordarte sólo hace que quiera volver a encontrarte.



Pero tendré que esperar. Esperar a otra clase aburrida, para volver a soñar. Volver a soñar con alguna otra caminata sin destino, con charlas que no son escuchadas y miradas que no son devueltas.

O mejor podría esperar. Esperar a que por fin, luego de tantas caminatas, te detengas frente a mí y hagas que, literalmente hablando, todos mis sueños se hagan realidad.